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Escribir

Escrito

(escuchando Untitled Original 11383 [Take 1] de John Coltrane)

Como necesidad

Escribir sobre cualquier formato, se vuelve una necesidad. Para contar algo: una historia, opinar sobre X tema (con conocimiento de causas). Para entablar una relación bidireccional. Para estar ahí. Entre las letras y las emociones destinadas a un fin. A la emoción y la razón. En la primera, para traducir los galopes del corazón y la piel. Ese recorrido de los sentidos por medio de escenas. Para adquirir la primer noción de las cosas.

La necesidad de escribir (y entablar una serie de sentencias hiladas a una razón) se vuelve una adicción. A veces, es mucho más fácil escribir y describir. Es más sencillo.

Imagina que estamos en un lugar cálido. Agradable. En ese lugar donde te sientes cómoda( o ). Donde las asperezas de las palabras, simplemente se desvanece. Ahí, en ese espacio el cual tiene tu música preferida ¿las escuchas?

De pronto, pasa lo inesperado: eres dueña ( o ) del instante. Observas alrededor y tomas de la mano a ese ser querido. Sientes la primer esencia de su piel. Te sorprende un cosquilleo en la palma de tu mano. Es una pizca de adrenalina. Escala cada centímetro desde tus uñas y se descarga justo en la orilla cóncava de tu cuello. Te eriza. ¿Lo sientes?
Escribir para reflexionar


Describimos nuestra razón sobre el tema X. Por qué nos interesa. Re-flexionamos en torno a ello. Nos duele o nos enamora. Nos bifurcamos en eso. Somos jueces e intentamos o (quizá) estamos en esa esquina incómoda del momento. Nos enseñamos a llevar el hilo conductor. Nos atropellamos en la descripción precisa e imprecisa. La paciencia se desliza por el teclado. Ese sonido arraigado sobre la congruencia del camino.

No toda las veces podemos estar en la pantalla. En algunos momentos, tenemos pluma y papel. Dibujamos y desdibujamos oraciones. Completamos eso.
En otras ocasiones, usamos notas de voz. La propia. La ajena. Nos embestimos y nos vestimos de sentencias. Quizá absurdas. Quizá verdaderas.
Nos arriesgamos y damos el primer salto de fe.

Escribir es un ejercicio gratuito. Es la liberación de quizá, una cantidad inalienable de sin sentidos dentro de uno.
Con la premura, las primeras caídas y las posteriores que brinda la vida.

A veces hecho voz y otras, escrito desde aquí o allá.
En la tiniebla del miedo. En la oscuridad. Desde lugares que quizá sólo uno conoce sin el temor a la certeza.

Yo sólo sé que tengo la certeza de no tener idea de algunas cosas.

La idea de tener la verdad como imperativo categórico, es fuerte. La verdad siempre está velada. De nuestros criterios, de universales, de culpa, de etiquetas marcadas desde la creencia divina (o la negación de la misma). De las cargas de nuestros silencios. De los días teñidos de soledad. Entre las brisas de esos otoños, lejanos algunos el día de hoy. De la doxa ajena. De la falta de información. De nuestra falta de epistemes o la sobrecarga informativa. De la etérea efervescencia de la nota. De la moda.

¿Qué tan lejanos o cercanos estamos de ella?

Como humanidad hemos re-flexionado mucho acerca de ella. De nuestra cercanía (o lejanía) sobre la existencia de cosas tan (in)tangibles como la idea de Dios, del amor. De categorías tan abstractas como la idea de lo eterno. Lo fugaz.
De nuestras ideologías políticas o deportivas… De la pasión o de ciertas emociones reflexivas acerca de nuestros gustos.
Considero que la idea de la verdad está en constante cambio y consenso. Sin abandonar su primer esencia: la verdad como acontencer diario, universal y finito. A veces, llano u otras veces, llena de argumentos falaces para llevarnos a ese lugar donde (sin conocimiento previo o el restante de una sólida demoestración) nuestro conocimiento ante ella, se nubla.

¿Para quién se escribe?

Se escribe para uno. Se canta para sí. Para el encuentro con el otro a partir de la emoción.
En palabras de Schopenhauer, se debe escribir (si deseas comunicar de manera asertiva) desde la sencillez de nuestros pensamientos complejos. Para hallar esa voz adherida a la razón. Donde se vuelca nuestro hilo rector de ideas y convicciones. Donde el error es punta de lanza. Aprender y re-aprender. Desde la experiencia más allá del mundo aparente. De las preguntas hechas en la primer edad. Desde la frustración y la empatía por diversos temas. Desde uno para resolver esas interrogantes. Desde la interpretación subjetiva u objetiva y darnos una idea del mundo. Pareciera que la emoción está lejos de ello. Sin embargo, es la emoción que funge como acción para dar paso al diálogo constante.

Escribir es el ejercicio que la mente nos proporciona para desdoblar nuestro discurso y hackear el lenguaje a modo. Siempre en busca de ese paso previo: nuestra voluntad como rector universal y inalienable.

No a todos se nos proporciona este bello arte. Sin embargo, todos podemos sumergirnos a la aventura de hacerlo.

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