Farmear aura: la economía del desperdicio y la histeria adulta
Un grupo de adolescentes se apodera de una esquina a las cuatro de la tarde. Un altavoz Bluetooth de procedencia dudosa escupe frecuencias graves saturadas, una libreta escolar hace de registro contable y un coro de pares evalúa la ejecución de una postura, un paso de baile o un gesto congelado. El veredicto no se liquida en moneda ni genera un contrato: se mide en aura.
Para la mirada adulta —atrapada en la urgencia del rendimiento y la sobriedad corporativa— la escena se descarta como una frivolidad más de la era digital. Sin embargo, el fenómeno opera como un síntoma de época donde se cruzan la producción de valor simbólico, el rechazo a la institución y la pura supervivencia afectiva en el espacio público.
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1. La perspectiva materialista: El valor fuera de la mercancía
Al someter este ritual a la crítica de la economía política, lo primero que salta a la vista es la reactivación del valor de uso frente a la dictadura del valor de cambio. La forma-mercancía exige la reducción de la actividad humana a un equivalente abstracto e intercambiable por dinero; el “farmeo de aura” en el espacio urbano subvierte esta lógica por completo.
El aura —entendida como densidad simbólica, presencia y reconocimiento— no se materializa en un activo acumulable en una cuenta bancaria ni se transfiere por vía hereditaria. Se produce y se agota en el instante mismo del ritual. Los jóvenes no están generando plusvalía para ningún propietario de plataforma ni para una marca; están apropiándose del tiempo y del espacio colectivo a través del juego.
Frente a un entorno laboral que exige traducir cada minuto de juventud en empleabilidad precaria, la respuesta es trasladar el concepto de farmear —originalmente la rutina repetitiva e insignificante de un videojuego— hacia el rendimiento corporal comunitario. Es una demostración de cooperación pura: no requiere la mediación del capital ni la bendición de la clase dominante, solo la presencia física y la mirada del par.
La paradoja de la enajenación: El bucle subvertido
Si descendemos a los Manuscritos de 1844, la pregunta es inevitable: ¿hay alienación en el farmeo de aura? La respuesta es anfibio-dialéctica.
Por un lado, el acto destruye la alienación del producto: el “aura” no es un objeto separable del cuerpo que lo ejecuta, no genera mercancía y muere en el instante. Por otro lado, la escena revela hasta qué punto la gramática del capital ha colonizado el imaginario. Para jugar a ser libres, los jóvenes necesitan recurrir a la jerga de la acumulación (farmear) y a la cuantificación del prestigio mediante métricas registradas en un cuaderno.
Es la parodia de la alienación: tomar la forma del trabajo repetitivo para vaciarla de rendimiento económico, convirtiendo la contabilidad del capital en un juego de absurdo comunitario.
> Nota sobre la subsunción del capital: Toda manifestación de valor nacida al margen del mercado corre el riesgo constante de ser cooptada. La verdadera tensión radica en cuánto tardarán los algoritmos de recomendación o las agencias de publicidad en convertir la estética del “aura” en una mercancía empaquetada con etiqueta de consumo.
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2. La óptica de Renton & Welsh: El esputo a la receta burguesa
Si filtramos la escena desde el cinismo analítico de Mark Renton y la prosa ácida de Irvine Welsh, la teoría de la plusvalía se condensa en un ataque directo al resentimiento adulto. Renton no perdería el tiempo en la academia; vería en la plaza un rechazo visceral a la receta del éxito tradicional.
Ese monólogo fundacional que manda al diablo la hipoteca, el televisor de pantalla plana, los automóviles a plazo y el seguro de vida encuentra aquí su versión de calle. El sistema le ofrece a esta generación una infraestructura rota: trabajos de diez horas sin estabilidad, alquileres inalcanzables y una existencia servil. La respuesta no es la protesta formal, sino la ocupación lúdica.
Choose un empleo precario. Choose pagar la renta de un departamento miserable hasta los sesenta años. Choose mirar a los jóvenes desde la ventana y murmurar “qué tontería”. O elige farmear aura en un parque con tus amigos sin pagarle un solo centavo a nadie. ¿Qué carajo importa si no cotiza en la bolsa?
Para esta lectura, la indignación del adulto funcional no es moral: es envidia. Les produce una rabia incontenible descubrir que un grupo de adolescentes encuentra una dosis inmediata de reconocimiento y dopamina sin consumir sus productos ni solicitar su certificado de aprobación. No hay utopía política en el acto; hay el pragmatismo radical de adueñarse de la tarde para no volverse loco de aburrimiento.
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3. La mutación de la sintaxis y la plaza como refugio
La incomodidad que este fenómeno genera en la mirada conservadora —y en la melancolía de cierta izquierda que aún espera asambleas tradicionales— radica en su incomunicabilidad clásica. No hay un Manifiesto, no hay un pliego de peticiones ni un discurso articulado bajo cadenas de significación habitualmente aceptadas; hay emulación del meme, citas gestuales, secuencias de imágenes puestas en juego y performatividad pura.
Mientras las instituciones heredadas (la familia vista como el depósito municipal de la crisis, la política de partido y el mercado de trabajo) colapsan o se atrincheran en su propia rigidez, los jóvenes construyen una pequeña economía afectiva. Dura lo que dura una mirada, un aplauso o el estallido de una carcajada colectiva.
No resuelve la precariedad estructural ni paga las cuentas del mes, pero devuelve el cuerpo a la calle y le arrebata al capital, aunque sea por unas horas, el monopolio de la producción de sentido.
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