Solo . . .

| Escrito por Jorge Cocompech

Todo es lo mismo. El callejón donde vivo sigue igual a pesar de los años, a pesar de los derrumbes. El pavimento agrietado, las luminarias caídas, la pintura descascarada de las fachadas; todo sigue su curso natural. Alguien dice que «las cosas caen por su propio peso». Yo soy escéptico ante esas palabras.

Alguna vez soñé con tenerlo entre mis manos. Sentir las venas de su cuello, el latido de su corazón. Ver la desesperación en sus ojos antes de apretar el gatillo. En el sueño, él se desvanecía, se caía, dejaba de estar.

—¡Desgraciado! ¡Lo está matando! ¡Que alguien ayude al joven! —gritaba una señora, más pendiente de mi saña que de él, que ya se mecía en el suelo.

—Te va a llegar la chingada, pendejo —le solté al oído.

Me acerqué para respirar su miedo. Sus ojos estaban lejos, sorprendidos: lo había descubierto. Apreté más. La gente alrededor temía intervenir. Nada podía detenerme; la intención era un cristal nítido. De pronto, el pasado: nuestro primer viaje sin padres, el verano en la playa, la noche que terminamos en el corralón por intentar ligar a la mujer equivocada.

Tantas imágenes me empañaron la vista. No sé si era furia o tristeza, o una alegría deforme. El cuerpo me quemaba y los brazos se tensaban. Empecé a sentir su cuello frío. Me faltó el aire. Todo se volvió borroso. El latido de su corazón se perdió entre el ruido del callejón. Era un escenario perfecto.

De pronto, dos policías corrieron hacia nosotros. Iban llenos de culpa, gordos de corrupción. Corrían y tropezaban. Uno de ellos se estrelló la cara contra el pavimento; sangró y se desmayó ahí mismo. Su compañero no miró atrás. Venía con la intención de reventarme. Su cuerpo se hacía pesado, las piernas le flaqueaban. También a él le costaba respirar. Atinó a golpearme el hombro con la macana. Caí, pero no solté a mi enemigo. El oficial me dio en la cara. Me fui a negro.

No supe más. Luego llegaron ruidos extraños: una sirena, el beeper de un monitor, llantos conocidos, los rezos de un cura. Olí las flores. Vi una luz blanca. Y lo vi a él: ¡Vivo!

Se desvanecía. Miraba con distancia a un médico, a un ángel, a mi hija. Ya no supe qué más aparecía frente a mí. Solo percibía la tersura de su piel, sus lágrimas de perdón. Era tarde. Yo moría.

El autobús se detiene y alguien me toca el hombro:

—Joven, ya llegamos. Mire, alguien lo saluda.

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