Desde hace unos días, Eva sueña rarezas los fines de semana. De lunes a viernes no tiene tiempo; vive pegada a la pantalla buscando una forma de desertar del mundo.
—¿Algo tipo Matrix? —me preguntan.
No lo sé. Pero las imágenes que Eva dibuja me parecen normales. Con las atrocidades que ocurren a diario, sus sueños resultan más lógicos que la propia realidad.
En el último, caminaba sobre la avenida Insurgentes, a la altura del Circuito Interior. De pronto, el pavimento se desvaneció y ella siguió avanzando sobre el tráfico insoportable del mediodía. Los policías la miraban como a un ángel extraviado. Los niños de la calle corrían tras el júbilo de su vuelo y los franeleros olvidaban por un momento su oficio. El cielo era perfecto, una pincelada de Monet. El rugido de los motores se convirtió en una orquesta dirigida por un oficial de tránsito en medio de la avenida; el hombre gesticulaba como un director de cámara y, cuando gritaba, su voz recordaba a Pavarotti interpretando Las bodas de Fígaro.
En las banquetas, los peatones formaban una cadena humana. Cantaban a coro esa canción que a Eva y a su madre tanto les gustaba.
Al despertar, el sol del sábado ya inundaba la habitación. Mientras preparaba el café de rigor, tomó el teléfono y miró el registro de llamadas.
—¿Esteban? No vas a creer lo que soñé, buey. ¿Dónde estás?
Tras escuchar la voz al otro lado y recibir la noticia, Eva colgó. Caminó hacia el librero, tomó el retrato de Esteban y sonrió.
—Gracias por la sinfónica de anoche —susurró—. Extrañaba esa canción
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